Cuando los animales hablaban, en un tiempo muy remoto y en lo más profundo de la selva, todo el mundo escuchaba. Nosotros dejamos de hacerlo y por eso ya no entendemos los rugidos, los balidos, los maullidos y los alaridos. Por eso, cuentan los que lo vieron (yo no estaba, pero me lo dijeron), que en una ocasión los habitantes de la selva estaban muy inquietos.

Los grandes pumas celebraban el cumpleaños de su cachorro. Este era un animalito divertido y noble, aunque algo travieso. Al pequeño le gustaba asustar a los capuchinos, apresurar a los perezosos, morder las colas de los tucanes y jugar a romper las delicadas telarañas. Por donde quiera que pasara, huían atemorizados quienes querían evitar sus travesuras. Sus padres le advertían que para ganarse el respeto de los demás, había que respetar a cualquier criatura, por diminuta que fuera.

Pues bien, el día de su cumpleaños el pequeño puma estaba más alborotado de lo normal. Ya había jugado con su mejor amiga, una joven jaguar, y ahora se disponía a volver a casa para disfrutar una gran fiesta con toda su familia. Pero como iba tan despistado y más alegre de lo normal, no se percató que se acercaba a un barranco, con tan mala suerte que se cayó.

La suerte quiso que no cayera al vacío y que unas ramas que sobresalían de la pared del barranco lo acogieran sin sufrir ni un rasguño. Pero ahora estaba en un aprieto, porque estaba a decenas de metros de altura y no podía bajar al suelo. Como era apenas un cachorro, tras el susto inicial comenzó a llorar desconsoladamente y a llamar a su mamá.

Una garceta que sobrevolaba la zona escuchó los lamentos del pobre animal. Tras consolarlo unos minutos, se apresuró a buscar a sus padres. En cuanto supieron de la noticia, corrieron raudos hasta el fondo del barranco desde donde estaba suspendido su pequeño. Muy alterados, empezaron a trepar, pero sus garras no podían asirse a la frágil roca y apenas podían escalar unos pocos centímetros.

Todo esfuerzo parecía inútil, y los pumas comenzaron a rugir y a pedir ayuda a los animales de la selva. Los perezosos reaccionaron de inmediato, pero eran muy lentos y tardarían varias horas en llegar hasta ese lugar. Los tucanes eran rápidos, pero el peso de su pico les impedía transportar cualquier cosa que no fuera una pequeña fruta. Los capuchinos eran ágiles y trepaban fácilmente por los árboles, pero temían acercarse al animal que los molestaba constantemente. Las arañas empezaron a descolgarse por el barranco, pero sus delgados hilos no podían sostener el peso de un animal asustado.

Cuando todo parecía perdido, y precisamente cuando las ramas parecían empezar a ceder bajo el peso del pequeño puma, los animales contemplaron una escena asombrosa. Empezaron a ver diminutas sombras en el cielo que surcaban el cielo a gran velocidad y se acercaban con prontitud a las arañas. Tras esforzarse un poco más se dieron cuenta de que centenares de 3 manchas multicolores se arremolinaban junto a las arañas y comenzaban a tirar de sus hilos. Eran los diminutos colibríes, que tomaban los delicados hilos de seda en sus picos y se dirigían bajo las ramas que sostenían al pequeño puma.

Empezaron a ejecutar una vertiginosa danza a uno y otro lado del barranco, sin parar en ningún momento; arriba y abajo, esquivando a sus compañeras, se apresuraron a tejer una red con los infinitos hilos provenientes de las arañas que desde el borde del precipicio les suministraban seda. En apenas unos minutos, una legión de colibríes escoltaba al puma accidentado, transportado suavemente hasta el suelo sin haber sufrido un solo percance.

Todos los animales celebraron alborozados el audaz salvamento. Los pumas se dirigieron a agradecer efusivamente el gesto realizado por los habitantes más diminutos de la selva y preguntaron cómo habían podido reaccionar de manera tan rápida y eficaz. Y entonces, uno de los colibríes respondió a la pareja de inmensos pumas que se alzaban frente a él: “Soy tan pequeño que apenas podéis verme. Vivo tranquilamente en mi nido, ocupado en mis cosas. Puedo parecer insignificante a vuestros ojos, porque paso gran parte de mi tiempo volando de una planta a otra para alimentarme. Pero cuando se me necesita, yo hago lo que puedo”

 

 

 

El equipo de Cooperacción

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